|
Hasta la década de los años 90', Bolivia se jactaba
de ser un país con los menores índices de criminalidad
de América Latina. Infortunadamente, ahora no se puede decir
lo mismo, hoy por hoy, los índices de criminalidad han aumentado
considerablemente, esto se refleja en las estadísticas policiales.
En el transcurso del periodo 1990-2001 los índices de delitos
se multiplicaron en un 360%. Paralelamente al incremento de la criminalidad,
aumentaron los gastos en seguridad ciudadana de forma desproporcionada,
en un 340%, más que en salud. No obstante, Bolivia por un
largo periodo no tuvo políticas de seguridad pública
y recién a mediados de los 90' se hicieron algunos esbozos
de política pública en materia de seguridad.
En este periodo democrático los gobiernos de turno poco o
nada hicieron por encarar políticas de seguridad ciudadana
de manera planificada, organizada y coordinada con los problemas
de inseguridad y violencia urbana, así como para cambiar
las viejas estructuras de seguridad y del orden público.
Las políticas de seguridad se establecieron y se sostuvieron
sobre programas con profusas incoherencias institucionales.
A continuación detallamos los planes de seguridad ciudadana:
- 1997 Plan de Seguridad y Protección Ciudadana; Por la
familia.
- 1998 Relanzamiento del primer Plan.
- 1999 Plan de Participación Comunitaria.
- 2000 Plan Ciudadela; Militarización de la seguridad ciudadana.
- 2001 Plan Tranquilidad (15.339 efectivos policiales y las FFAA.
9.082)
- 2002 Programa de Vigilancia Participativa (con la contratación
eventual de vigilantes barriales)
- 2002 Plan de emergencia de seguridad ciudadana (Relanzamiento)
- 2003 Plan Integral de Seguridad Ciudadana y Orden Público.
Estos programas procedentes del Estado siempre tuvieron objetivos
a corto plazo, "medidas aspirinas" o "soluciones
parches"; con el fin de reducir los niveles de violencia y
criminalidad, fenómeno que iba afectando la gobernabilidad
de los gobiernos de turno.
La crisis de gobernabilidad política que atravesó
Bolivia (con sucesivos cambios de gobiernos) afectó extraordinariamente
los programas de seguridad ciudadana, fundamentalmente por su poco
sustento, lo que a la larga generó un debilitamiento de estos
o simplemente se substituyeron por otros. En ese marco, hubo dificultades
de trazar planes y programas de seguridad desde una visión
integral; por ejemplo, durante los tres últimos gobiernos
-hubieron cinco presidentes sucesivos en Bolivia- las políticas
se orientaron hacia una visión represiva caracterizada por
el orden público, la que transitó hacia una policialización
de la Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública.
Esta situación no sólo se puede entender en el contexto
de las deficiencias de las políticas de seguridad, sino también,
a partir del poco compromiso institucional de la Policía
Nacional, puesto que se erigen como anacrónicas para el sostenimiento
y desarrollo de ese horizonte democrático de seguridad ciudadana,
principalmente por las actitudes autoritarias y tradicionales, situación
que socavó la legitimidad de la institución del "verde
olivo".
En Bolivia el tema de la seguridad ciudadana adquirió una
importancia trascendental debido al aumento de las experiencias
personales y familiares de victimización (objetiva y subjetiva);
referida al conjunto de hechos cotidianos de violencia, atentados
a la vida humana, al patrimonio y a otras prácticas delictivas
como secuestros, extorsión y actos contra la libertad sexual,
los cuales han ido afectando la calidad de vida de la población,
manteniendo en muchos casos angustia entre los habitantes de un
barrio, de una ciudad e incluso del país mismo.
En virtud del "clima de inseguridad ciudadana" el Gobierno
de Banzer-Quiroga creó una instancia encargada de delinear
y dinamizar las políticas de seguridad mediante el Decreto
Supremo N° 25676 del 11 de Febrero del 2000, donde se crea la
Dirección General de Seguridad Ciudadana. Bajo la
Dependencia del Viceministerio de Régimen Interior, con el
objeto de planificar acciones operativas con la Policía Nacional
y coordinar con prefecturas de Departamentos, Municipios y la sociedad
civil, las acciones integrales de seguridad ciudadana.
Esta ha sido una de las acciones más razonables que se tomaron
ante la inexistencia de una instancia de planificación estratégica
de política pública sobre asuntos de seguridad. Sin
embargo, el Gobierno de Evo Morales asumió con una mayor
responsabilidad el tema de la seguridad ciudadana, por un compromiso
electoral, elevando a rango de Viceministerio de Seguridad Ciudadana,
la Dirección de Seguridad Ciudadana y Prevención del
Delito en marzo de 2006 a través del D.S. Nº 28631.
En la actualidad, el tema de la inseguridad ciudadana se ha convertido
en uno más de los problemas a resolver por el Estado, en
tanto, que se convirtió en una demanda ciudadana después
del desempleo. Es más, en las últimas elecciones generales
(nacionales, departamentales y municipales) el tema se agendó
en el marco de las ofertas políticas. Las propuestas de los
políticos -en carrera electoral- giraron en torno a medidas
situacionales y estructurales. Hay quienes proponían una
visión represiva de mayor "mano dura" contra la
delincuencia ligada al papel de la Policía como principal
componente de represión. Sin embargo, algunos candidatos
se inclinaban por una democratización de la seguridad ciudadana
entre el Estado y la sociedad. Otros, planteaban una política
integral y efectiva de seguridad ciudadana que se desarrollara con
la participación de las instituciones estatales, privadas
y la sociedad civil; cada una de éstas propuestas presentaba
ciertos matices represivos.
De esta manera, se ponen de manifiesto las medidas que se toman
en torno al tema de la (in)seguridad ciudadana. En ese sentido,
el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada recurrió
a la promulgación de la Ley de Seguridad Ciudadana
(Ley N° 2494) del 4 de Agosto de 2003. Con ello sea crea el
Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Orden Público encargado
de planificar "planes maestros" para reducir la ola delictiva
en los diferentes departamentos del país.
Bajo esa perspectiva los planes, programas y proyectos de seguridad
ciudadana, se han insertado en el Plan Nacional de Desarrollo de
los últimos gobiernos. Donde la Ley 2494 descentraliza responsabilidades
y obligaciones de seguridad ciudadana también a niveles Departamentales
y Municipales. Asimismo, en el gobierno de Carlos D. Mesa se reglamenta
la ley 2494 mediante el D.S. Nº 27571, donde se establecen
competencias y financiamiento en los niveles de gobierno. En tanto,
que en el Gobierno de Evo Morales se modifica el D.S. 28233 referido
al Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) que distribuye los
recursos por ingresos de venta de gas para seguridad ciudadana de
manera proporcional (en los diferentes niveles de gobierno); con
el propósito de equipar a la policía, con la construcción
de módulos policiales, entre otros, y de esta forma contribuir
a la seguridad ciudadana.
Estas son las substanciales características de los planes
de seguridad ciudadana implementados en los distintos gobiernos
con el fin de reducir la "ola delictiva" en el país
y en las ciudades. Los programas y planes nacionales, departamentales,
municipales, han sido insuficientes lo que ha impedido encarar de
mejor manera 'la lucha' contra la delincuencia y el crimen organizado,
sea para prevenir, disuadir o reprimir. Lamentablemente, la seguridad
ciudadana sigue siendo un asunto pendiente de 'política pública'.
Usualmente las políticas públicas en seguridad giran
en torno a medidas ya conocidas, como la "policialización",
las que en el fondo son "replicas exactas" de los planes
de seguridad ciudadana lanzados y relanzados por los anteriores
gobiernos de turno. Donde la sociedad no participa, ni interviene
en la elaboración de las políticas. El plan piloto
de "Policía Comunitaria" en La Paz, Cochabamba
y Santa Cruz sobresale como expresión "novedosa"
en la forma de encarar la problemática de seguridad ciudadana
a través de la relación policía-sociedad, experiencia
policial que va dando resultados en distintas ciudades de América
Latina. Pero, este sistema policial, no se ha extendido y la sociedad
no se ha apropiado de esa labor policial, pues se sigue considerando
algo ajeno a su seguridad.
En definitiva, la seguridad ciudadana en Bolivia siempre se ha sostenido
sobre intentos fallidos de reforma policial. En esa medida, las
políticas democráticas de seguridad ciudadana no crean
un 'valor público' porque estas carecen de voluntad política,
institucional y social, independientemente de que se esgrima que
la "seguridad es tarea de todos". La relación policía-sociedad
a lo largo del periodo democrático se ha deteriorado por
distintos factores. Por su falta de independencia y por convertirse
en el apéndice del sistema político con relaciones
de tipo prebendar con los distintos gobiernos de turno, incidiendo
de manera marginal en las tareas de seguridad ciudadana.
Bajo este contexto se hace cada vez más difícil establecer
una verdadera política de seguridad ciudadana, puesto que
aún, la seguridad ciudadana se sigue sustentando sobre una
base de seguridad policial. El componente de participación
social no estuvo y no está presente en los lineamientos de
política pública, los que sólo retóricamente
reconocen la participación de la sociedad. Usualmente los
órganos represivos son quienes han monopolizado la "seguritización"
de la sociedad mediante la cooptación de unidades, departamentos
o direcciones de seguridad ciudadana en prefecturas y municipios.
En términos generales, el temor y la inseguridad ciudadana
se siguen manteniendo de manera invariable por el colapso de las
reformas. La reforma policial fracasa categóricamente, el
sistema judicial no acompaña la labor policial lo que lleva
a la impunidad. En tanto que, en el sistema carcelario no se hacen
reformas profundas. Los centros de reclusión siguen siendo
los espacios de depósito de los "indeseables" en
los que existe un gran hacinamiento y retardación de justicia,
la que alcanza al 75% de reclusos sin sentencia condenatoria. Por
lo que, nos encontramos ante una asimetría institucional
en la administración de la justicia y la seguridad.
En algunos casos, el panorama de "inseguridad ciudadana"
ha generado una fuerte presión social para que el Estado
asuma de manera más efectiva su papel proveedor de seguridad
pública desde una perspectiva más represiva; en otras
palabras, una mayor "mano dura" contra la violencia criminal
y delictiva que a la larga puede afectar el propio Estado de derecho.
Las consecuencias de la situación ha llevado a que reducidos
grupos opten por tomar "justicia por mano propia", lo
que se concreta en linchamientos a "ladrones", siendo
socialmente más aceptado, lo que se hace cada vez más
común y "normal" en los barrios urbano-marginales.
Así como la aparición del servicio privado de seguridad.
La disposición de este tipo de servicio se ha vuelto en un
hecho frecuente en estos últimos años, en desmedro
de la propia función policial.
Por tanto, la seguridad ciudadana es un tema de carácter
público y político que afecta al conjunto de la vida
social. Es un tema de convivencia, que tiene que ver con la reproducción
cotidiana de los individuos y, por ende, su "intervención"
es de carácter multidimensional, por lo que debe ser enfrentada
dentro de ese marco.
.
Ver más opiniones
| Volver arriba
|