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Trabajar por prevenir el delito y la violencia presenta una serie
de dificultades que eventualmente pueden concitar frustraciones
y retrocesos y convertir el trabajo en una tarea ingrata, a pesar
de las retribuciones que ella implica con los beneficiarios directos
de proyectos locales.
La Seguridad Ciudadana es más que la relativa ausencia de
delitos, es un círculo virtuoso donde un estado de convivencia
respetuosa entre los habitantes, genera un sentimiento de seguridad
que aumenta las posibilidades de que sea la misma comunidad la que
se movilice en pro de mejorar su seguridad. Sin embargo, mientras
la seguridad trae consigo mayor seguridad, la inseguridad trae consigo
mayor inseguridad; un único evento violento puede echar por
tierra el trabajo de años. En este sentido, la seguridad
es una situación de equilibrio muy precario, donde la precariedad
de la pobreza (objetiva y subjetiva) potencia lo anterior.
También existe una relación circular viciosa entre
las incivilidades, el temor y la delincuencia. Las incivilidades
según la tradición francesa criminológica,
son todas aquellas conductas que tienen por efecto la transgresión
de las normas de convivencia en la vía pública y otras
cuestiones que no están escritas pero cuyo acatamiento es
necesario para nuestra cotidianeidad (por ejemplo, desórdenes
físicos, malos tratos a la propiedad pública, empujones
e insultos). La inseguridad pone de manifiesto la importancia de
la cuestión de la civilidad: aquellas reglas prescriptivas
(que ordenan) y proscriptivas (que prohíben) de los comportamientos
de la vida cotidiana. La delincuencia, por su parte, desmoraliza
a la sociedad y pone en jaque la convivencia, puesto que es un daño
intencional de unos sobre otros (distinto de lo que sería
por ejemplo, un desastre natural). En este sentido, las incivilidades
aumentan el temor y se convierten en el punto de partida de la delincuencia,
a partir de la transgresión y la impunidad. O sea, circulo
vicioso.
Siguiendo lo anterior, trabajar en pos de la seguridad, no es sólo
una tarea necesaria para aliviar el sistema penal, sino que es fundamental
para asegurar la persistencia de las normas de convivencia. Además
actuar sobre el daño es indudablemente menos efectivo en
términos económicos: diariamente un preso en Chile
cuesta entre $ 6.500 (10 USD) y $ 21.000 (35 USD), según
datos de FLACSO-Chile.
No obstante, y a pesar de los esfuerzos, aún subsiste la
pregunta acerca de cómo hacer justicia con respecto al amplio
y arduo trabajo que se realiza a nivel local en esta materia. En
cuanto al seguimiento y las evaluaciones, elementos muy necesarios
dentro de una política pública, plan o proyecto, desgraciadamente
no existe un consenso sobre qué parámetros se deben
usar para evaluar sus impactos.
Una alternativa es evaluar a través de "indicadores
duros", con estadísticas policiales (denuncias y detenciones)
y encuestas de victimización. Otra posibilidad son los "indicadores
blandos", reflejados en la percepción de inseguridad
y el temor. Por último están los "indicadores
de las variables intervinientes", representadas por la confianza
en las instituciones, la cohesión social, el control social
informal, la efectividad colectiva, la organización y la
movilización de los vecinos.
Asimismo las definiciones de qué entendemos por "prevención
del delito" también presentan ciertas dificultades,
como por ejemplo diferenciar aquello que es prevención comunitaria
del delito de aquello que no. De este modo surgen algunas tales
como: ¿Sobre qué tipo de indicadores le corresponde
influir? ¿Cuáles son sus sentidos y objetivos primordiales?,
¿Donde hay que fijar los límites de acción?,
¿Para qué sirve efectivamente?, ¿En qué
ámbitos le corresponde a los actores de la sociedad civil
participar si hablamos de iniciativas de política pública
social de largo alcance? Ya que la participación no debe
reemplazar las tareas de Estado, ¿en qué medida la
prevención del delito (en toda su amplitud) es una responsabilidad
de Estado y hasta donde de las personas?
Estos cuestionamientos han derivado en un debate entre dos polos,
organizado en torno a valores supuestamente opuestos, lo que produce
un diálogo de sordos; ambos dicen defender el bien común
(la democracia, por ejemplo), poniendo énfasis ya sea en
el bienestar del individuo o bien en el funcionamiento de las estructuras
sociales.
Por una parte se encuentra el individuo, donde la responsabilidad
central está en el sujeto que comete las infracciones. Siguiendo
esta línea, la sociedad es vista como permisiva con el delincuente
desprotegiendo a las víctimas. Por lo tanto, se piensa que
es necesario aumentar las penas y disminuir las garantías.
Por otra parte esta la sociedad, donde la justificación
del delito y la violencia estarían dadas por la noción
de que es la sociedad la que empuja al individuo al crimen, siendo
la pobreza y la injusticia social, las causas últimas del
problema. Por lo tanto, la solución correspondería
a construir una sociedad justa para acabar con el problema.
El estado actual del debate se inclina por privilegiar las lógicas
economicistas: es decir, a menor gasto, mayor impacto; lo que levanta
las evaluaciones ex ante, costo/beneficio, costo efectividad como
el paradigma de la evaluación.
Los Modelos de Evaluación
El modelo basado en la evidencia, "evidence- based",
tomado de la salud pública, en Inglaterra aproximadamente
en los años 1970s, describe prácticas cuya efectividad
han sido medidas bajo estándares científicos de evaluación
empírica. Lo que se busca es definir las políticas
públicas sobre la base de la mejor evidencia disponible y
no en base a suposiciones, intuiciones o sentido común.
La noción de "Qué funciona, qué no
y qué es prometedor" ("What Works, What doesn´t
and what's promising"), de EEUU, elaborado a partir del
Informe Sherman en 1997 al Congreso, trata acerca de la eficacia
del gasto en control y prevención del delito, a través
de evaluaciones independientes y el uso de metodologías científicas,
especialmente experimentales.
En este contexto la tarea es ingrata para los operadores civiles
del sistema de seguridad (Ministerios, Municipios, Gobiernos locales,
profesionales que prestan servicios a instituciones gubernamentales,
no gubernamentales y centros académicos que ejecutan intervenciones
modeladas, entre otros), ya que no disponemos de los estudios para
probar su efectividad en el contexto nacional bajo los parámetros
de las evaluaciones economicistas que miden sobre los indicadores
duros.
Los resultados "netos" en dinero son mezquinos pero no
lo son necesariamente en resultados sustantivos: ¿qué
precio tiene "salvar" a un joven de ingresar a una carrera
delictual sin retorno?
Cuando los números no dan surge la impotencia, el desánimo,
el pesimismo, temas que abundan en la literatura actual. Por ello,
y no sólo debido a la dificultad numérica, sino también
por los desafíos éticos, la discusión sobre
la prevención del delito y la violencia debe trasladarse
a un plano valórico; "quién no crea en el valor
ético de la prevención, debería dejarle espacio
a quienes sí tienen convicción al respecto.
Entonces, la prevención se entiende como una tarea de gobernabilidad
necesaria donde las autoridades locales (alcaldes y funcionarios
municipales) tienen un amplio espectro de acciones en nombre de
la calidad de vida de los habitantes de la comuna, distrito, zonas,
etc. Ello debiera enmarcarse en políticas gubernamentales
serias y de largo plazo, dando lugar a una amplia campaña
que aúne consensos políticos que sobrepasen las administraciones
vigentes.
Los vecinos (organizados) tienen la responsabilidad de ejercer
sus derechos y obligaciones y de ser considerados como actores legítimos
en términos de sus propuestas y, en algunas ocasiones, también
en la ejecución. Es importante tener presente que la participación
no resuelve todo. Por su parte, al gobierno central le cabe generar
estrategias descentralizadas en su justa medida, cautelando la calidad
de las intervenciones y el buen uso de los recursos pero con la
flexibilidad necesaria.
En síntesis, es posible afirmar que a pesar de lo mezquino
que puedan parecer los impactos de la prevención, están
disponibles los argumentos técnicos, económicos y
valóricos para hacer de ésta una tarea necesaria,
reconociendo los niveles de responsabilidad de cada uno de los atores
involucrados.
En este contexto, lo importante son las preguntas y no las respuestas:
¿hasta qué punto es la prevención, desde la
institución que nos compete, una tarea necesaria y/o prioritaria?
Si lo es, ¿con qué argumentos? ¿A partir de
qué tipo de argumentos toman su fuerza de convicción?
¿Creen en la prevención? Si no, ¿a qué
se debe? ¿A la falta de dominio técnico del tema (evaluaciones
incluidas)? ¿A la falta de convicción en la prevención?
¿A otros factores externos (coyunturas políticas;
presupuesto; otros?. La respuesta probablemente será un híbrido,
sin embargo, insisto lo importante son los cuestionamientos que
nos permiten avanzar en la construcción de una sociedad sin
miedo al otro.
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