“HIP HOP”: UNA HERRAMIENTA PARA LA INCLUSIÓN JUVENIL
Germán Díaz Urrutia
Sociólogo, Universidad Alberto Hurtado
Estudiante de Magister en Psicología Social, Universidad Diego Portales.

América latina como continente debe asumir un tema irresuelto y largamente ausente en sus agendas de gobiernos. Nos referimos a la inclusión de los y las jóvenes cómo actores sociales y agentes de cambio; y en especial, de aquellos que se encuentran en situación de riesgo y/o en conflicto con la ley, tradicionalmente estigmatizados y despojado de su capacidad  trasformadora.

Sin embargo muchos coinciden en señalar (Nirenberg, Olga, 2006, “Participación de Adolescentes en Proyectos Sociales”; Krauskopf, Dina, 1999, “Participación Social y Desarrollo en la Adolescencia”) que uno de los mayores desafíos en la integración real de los jóvenes a la esfera decisión pública, consiste en superar lógicas adultocéntricas desde donde son pensadas y recreadas las miradas hacia lo juvenil. Esto supone abandonar aquellas visiones que conciben la juventud cómo etapa de “transición” y/o la juventud como “amenaza”; fuertemente arraigada en el imaginario de muchas instituciones sociales (familia, escuela, gobierno), más aun cuando se trata de concebir a jóvenes en situación de riesgo o a jóvenes infractores de ley.     

Para superar estas lógicas se hace evidente la necesidad de validar nuevos enfoques. Dina Krauskopf (1999) reconoce en el “Enfoque de Derechos” una perspectiva que supera la visión puramente transicional y problemática de la adolescencia. Ya que identifica a este sector como actor estratégico para el desarrollo colectivo, reconociendo su valor por la flexibilidad y apertura a los cambios, como expresión clave de la sociedad y la cultura global, con capacidades y derechos para intervenir protagónicamente en su presente, construir democrática y participativamente su calidad de vida y aportar al desarrollo social.

Pero el salto que se pretende a nivel de discurso debe ir acompañado de un correlato en la práctica. Se debe conocer y escuchar a los y las jóvenes y validar sus producciones y demandas. De ahí la necesidad de identificar practicas y metodologías que nos permitan acceder a dichos mundos y resituarlos como actores legítimos en las esferas de decisión y poder.   

Es en este esfuerzo, donde gestores locales y líderes sociales de distintas partes del mundo, han puesto sus ojos sobre el importante rol que pueden jugar las expresiones artístico-culturales cómo elementos de prevención de la violencia, de inclusión y cohesión social con jóvenes. Aunque no existe una receta adecuada para la inmensa diversidad de mundos juveniles, algunas expresiones artísticas y culturales parecen ser pertinentes para el acercamiento con algunos grupos, sobre todo con aquellos en mayor situación de riesgo y exclusión. Debido a que  dichos grupos tienden a cohesionarse mediante producciones contraculturales, donde expresan sus visiones de mundo, articulan sus demandas y crean espacios de identidad y pertenencia.        

Estas expresiones o movimientos, generalmente marginalizados y desconocidos pueden ser entonces las llaves precisas para ingresar a los universos juveniles y construir con ellos nuevas formas de inclusión y entendimiento. Las soluciones y herramientas tan buscadas por políticos y gestores sociales para el éxito en el trabajo con jóvenes, podrían encontrarse ahí mismo, dentro de las propias prácticas juveniles, tal como lo han demostrado ya algunas iniciativas centradas en el Hip Hop.  

El Hip Hop como elemento de autoconocimiento e inclusión
El Hip Hop no es un simple ejemplo, de cómo un movimiento artístico cultural puede ser empleado en el trabajo preventivo con jóvenes en situación de riesgo.  Sino que por el contrario, se ha constituido en una herramienta internacionalmente reconocida en este tipo de prácticas, arrojando resultados más eficaces que cientos de programas juveniles diseñados en oficinas públicas. Ya no se trata de ciertas experiencias pilotos y aisladas, sino de metodologías articuladas, que poco a poco van mostrando sus resultados, y validándose como prácticas accesibles a los distintos gobiernes locales y actores encargados de la seguridad.    

Por eso, no es casualidad que más de doscientos oyentes, provenientes de diversas partes del mundo, se hayan convocado en una de las salas de Quinto Foro Mundial Urbano, celebrado en Río de Janeiro en marzo del año 2010, para escuchar y debatir las ideas presentadas por el colectivo colombiano “La Familia Ayara” (http://www.ayara.org/). Una de las agrupaciones juveniles de mayor éxito a nivel latinoamericano en la creación de programas orientados a mejorar las oportunidades de vida en niños, niñas y adolescentes en situación de riesgo.   

En esta línea tampoco resulta curioso que expertos en prevención del delito de ciudad de New York hayan desarrollado una guía práctica para la prevención del delito a través del Hip Hop. Y que en Mendoza se haya articulado una cooperativa de jóvenes marginados en torno a este movimiento (“Hip Hop: El Quinto Elemento”, 2009, Documental de Martín Appiolaza y Dany Pacheco). 

Y es que el Hip Hop es por esencia una de esas producciones o discursos llamados a ser herramienta de cambio y transformación social. Desde sus raíces en la década de los 60,  ya se vislumbran en algunos de sus contenidos la denuncia de las problemáticas sociales, la injusticia y la libre expresión de las emociones y vivencias. Permitiendo a sus protagonistas canalizar sus tensiones y encaminarlas hacia formas de expresión no violentas ni delictuales.

Este movimiento promueve además, la identificación con un colectivo, la trasmisión de valores, el autocuidado, el respeto por la producción del otro, la autogestión de recursos y el aprendizaje de códigos de comunicación y organización.  Todas herramientas valiosas, instaladas en los mundos juveniles, para la generación de proyectos de prevención e inclusión. 

El Hip Hop se compone básicamente de cuatro elementos: el canto o rima conocida como “rapping” (técnica de canto rítmica y basada en la improvisación) conducida por el  MC (Master of ceremony); la música o base a cargo del DJ (Disc Jockey); el baile conocido popularmente como “breakdance” interpretado por el bboy o bgirl (nombre que reciben quienes bailan este ritmo); y los grafitis reconocidos como rama artística (pictórica) de esta cultura aplicada sobre superficies urbanas. 
Pero algunos coinciden en la existencia de otros elementos que estarían comprendidos dentro de este género, como por ejemplo el “beatboxing” considerado como el arte de hacer e imitar sonidos con las manos y la boca; y el “auto conocimiento” o “auto realización”  considerado por muchos como uno de los aportes más significativos de este género.

Es en la suma de estos elementos, donde se puede reconocer las posibilidades que el Hip Hop ofrece para la prevención de la violencia, el delito y la desvinculación a conductas de riesgo. Al legitimar los dominios, conocimiento y producciones de los propios jóvenes, y superar así las visiones parciales presentadas con anterioridad. Tras estos elementos se puede reconocer una pedagogía del cuerpo y de las emociones, que permite finalmente el señalado auto conocimiento y la afirmación del propio sujeto como agente de cambio y transformación social. Dotándolo además de una autoconciencia respecto a la realidad-entorno, y a las situaciones de marginalización y estigma que le toca vivir.

A pesar de todas estas potencialidades, el Hip Hop (al igual que casi todo lo juvenil) sigue coexistiendo en un mundo de ambigüedad. Mientras para algunos sus cualidades y atributos son interesantes para la construcción de programas de inclusión y acercamiento a las problemáticas juveniles. Para otros sigue siendo una práctica marginal y peligrosa que es mejor reprimir. El miedo a la diferencia y a aceptar como valido lo construido desde la periferia, excluye cualquier posibilidad de encuentro y reconocimiento del “otro”. Reproduciéndose así la construcción de esas barreras sociales franqueables en los discursos pero incólumes en la práctica.

Aquí radica nuestro desafío, y el mayor paso que tal vez se pueda dar en la reducción de la violencia y delincuencia juvenil. Abogar por una verdadera inclusión y reconocimiento de lo juvenil y superar las contradicciones que hasta el momento les hemos impuesto.

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